La tristeza que hace reír (o por lo menos sonreír)

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(Para leer este artículo aconsejo escuchar un monstruo sagrado -que me dió a conocer un amigo que murió con 17 años- y apagar el móvil)

Pues sabéis que? Cuando era niño y me aburría -y cuando era niño me aburría un montón- imaginaba la muerte mía y de mis padres, la de mis amigos, la de mis familiares. No estaba deprimido. No creo. Creo que sencillamente nací para enfocarme en estos temas más que en otros.

El echo es que procediendo de una familia atea la pregunta a menudo era “para que sufrir tanto?” “Ha muerto mi amigo Lorenzo, donde está ahora? Y la abuela? Y Cristina? Y Aldo? Y la madre de Giovanni? Y Andrea? Y todos los miles de millones de seres antes que nosotros? Dios mío, cuantos muertos!!

Entonces que era lo que hacía? Ponía una música apropiada al momento, que me empujara a aquel estado emocional dramático que imaginaba. Visualizaba cada pieza del mosaico. Lloraba. Me permitía sentirlo todo. Y lo dejaba ir. Que llegaba después? Buff! Ganas de vivir la vida. Unas ganas poderosas. Empezaban en los talones.

alface1A los 23 años tenía un gato de nombre Camillo. Él tenía 17 años. Estuvimos juntos como hermanos desde que tenía 6 años. Durmió conmigo cada día. En aquel entonces estaba viejo y enfermo -tenía un problema a los riñones. Enfermo al punto que cada día se hacía caca y pipí encima. Un día decidí poner fin a su sufrimiento. Y al de mis padres que siempre más deseaban entregar Camillo a alguien que lo cuidara.

Un día le llevé a una doctora para que le hicieran una inyección letal. Le puse la música que le gustaba. Una de Dan Gibson con los pajaritos, Stream of Dreams. Le dí aquellas galletitas saladas que le ponían loco. Lo tuve en mis brazos. El corazón empezó a latir más despacio.

Me miraba a los ojos. Lo recuerdo muy bien. Y empezó a hacer un sonido muy nuevo con la boca. Un gemido suave. Muy dulce. Como nunca había hecho. Yo lo mimaba. Era mi niño. Era mi hermano. Poco a poco cerraba los ojos. Y delicadamente dejaba aquel trocito de cuerpo. Fueron días muy duros los que llegaron, de mucha rabia (las fases del duelo, sin duda. Ahora sé muy bien de que va).

Que pasó en los días siguientes?

Ganas de vivir la vida. Unas ganas poderosas. Empezaban en los talones.

Otra vez!

Así que -pregunto- ¿que es lo que pasa?

Parece que después de cada caída haya una fuerza que nos empuja hacia arriba…

Algo que nos devuelve la “curiosidad” de vivir, para explorar nuevos retos y dimensiones. Mpf! Jo, esto es fuerte! Un gato no es un hijo o un hermano, hijo mío!

Y sí, es verdad. Pero…. otra vez resulta que algunas recetas emocionales casi siempre funcionan (con o sin perejil, por supuesto!)

alface1Y entonces cual es la receta en todos estos casos?

Pues que hemos estado construido para sobrevivir, para ir adelante frente a cualquiera situación por dramática que parezca.

La vida es dura. No es un cuento de hadas. Esto es claro.

Tenemos que aceptarlo. Tal como es. Este es el truco.

—Ah. Mi amigo se llamaba Alberto, como yo. Tocaba la batería. Tenía 17 y yo 16. Fue por un accidente de coche. Pat Metheny y Chick Corea se los debo a él.

 

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