Tinder Trucha

 

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(El inmenso Morricone para leer este artículo)

Tinder Trucha

Reflexiones light sobre los amores fluviales

 

Cuando era pequeño fui varias veces a pescar.

Con mi padre, cuando tenía entre 8 y 11 años, íbamos a pescar al Lago de Garda, el mayor lago italiano (con una longitud de 51,6 km y una anchura de 17,2 km) y sin duda uno de los más preciosos, con una riquísima variedad de flora y de fauna. La primera vez, recuerdo, pesqué 101 pececitos pequeños que en seguida limpiamos y rebozamos cuidadosamente para preparar una sabrosa fritura. En aquel tiempo mis padres alquilaban una casa pequeña y acogedora cerca del pueblo de Bardolino, en la costa este del lago, conocido a nivel internacional por la DO en la cual se producen un tinto y un rosado excelentes. Recuerdo aquellos fragmentos de mi memoria cómo si fueran fotogramas de El viejo y el mar, película del 1958 protagonizada por el mítico Spencer Tracy y basada en la novela homónima de Ernest Hemingway -obelisco de belleza!

El intenso olor del mar, el dolor cuando la sal entraba en las pequeñas heridas provocadas por los ganchitos, el divertido asco infantil por manejar los gusanitos vivos, que olían muy mal, el canto de las gaviotas, grandes cómo águilas, las incómodas rocas grises donde nos sentábamos por horas, la piel abrasada por el sol, la camiseta mojada de sudor pegada al cuerpo. Recordándolo ahora, reconozco cómo en la mente de un niño las experiencias más “normales” se puedan convertir en eventos inolvidables, empapados en una magia incomprensible cuando ya somos adultos.

Más tarde, alrededor de los 13 años, fui otra vez con mi padre y algunos amigos suyos a pescar la trucha en un criadero de truchas. No recuerdo la localidad, pero sí recuerdo que estábamos lejos del lago, estábamos en el medio del campo y esta piscina de truchas se parecía más a una nave industrial triste, gris, cutre.

De hecho lo único que recuerdo es que entramos y nos dieron cañas para pescar, pescamos en seguida varias truchas (claro, es como si te pusieras a pescar un patito de plástico en tu bañera de casa donde hay cientos de patitos) y nos fuimos a algún lado para cocinarlas. Fin de la historia.

 

Puede ser que las truchas estuvieran tan sabrosas cómo los pececitos que pescaba en el lago con mi padre? Puede ser, no recuerdo. Pero lo que es cierto es que las dos experiencias resultaron ser muy diferentes. En la primera lo que asumió importancia fue la experiencia en sí. En la segunda lo que se buscó fue el resultado final. Trucha sí o sí. Daba igual el contexto. La poesía se quedó en el bolsillo.

Y ahora voy al punto: hace un par de años fui usuario de Tinder. Y -la verdad- fui trucho conociendo a unas truchas muy inteligentes, muy simpáticas, muy agradables. La app funciona bien, es adictiva, te hace pensar que eres el único trucho (o la única trucha) del criadero (esto vale sin duda para todas estas apps).

It’s a Match!

Pero, ¿y el sabor de agua de río? ¿Encontrarse con otros tipos de peces? ¿Esquivar las garras de un oso que te quiere para desayunar? ¿Esconderse detrás de las rocas y de las plantas marinas? ¿Comer lombrices y crujientes insectos? ¿Dejar que de alguna forma sean la casualidad y las sincronías de la vida a determinar si tu mirada cruzará la mía? ¿Nadar en agua tibia en verano y fría en invierno? ¿En otoño sacar por unos segundos la cabeza y dejarse besar por la nieblecita?

It’s a Match!

¿Cuanto valen estos elementos de espontaneidad y verdad en comparación al sintéticoIt’s a Match! que abre las puertas de una chat? ¿Que es lo que estamos perdiendo cuando con demasiada facilidad estamos ganando una mirada? Y por último: sabes lo que acaban comiéndose las truchas en un criadero?

 

 

Te quiero mucho”, cómo le dice la trucha al trucho.

Que estas palabras tú las puedas oír nadando en aguas frescas, amig@ mí@.